Friday, September 30, 2011
Friday, September 23, 2011
Monday, September 12, 2011
(el vacío, diez años después)
(publicado en: http://impreso.milenio.com/node/9024692?ST=1 )
10 de septiembre 2011, 9:30 am. Bajo por un café. En mi edificio colgaron una bandera de Estados Unidos, para rememorar, me dicen. En la calle veo a un hombre usando una playera con la fecha de mañana, la intención es la misma. El ambiente se siente extraño, tenso. Luto y miedo, ¿pasará algo otra vez?
2011-09-12•El Ángel Exterminador
Foto: Gary Hershorn/Reuter
1:16 pm
En la zona cero. Recuerdo la primera vez que estuve aquí después de la catástrofe, de la tragedia: un agujero casi tan profundo como el que dejaron las personas que ya no están. El lugar está lleno de personas que vociferan que el gobierno fue el que planificó el día más negro en la historia de Estados Unidos, los gobernantes son los verdaderos asesinos, dicen.
Sobre el puente Vesey, mientras intento ver entre rejas algo de lo que será el memorial más caro del mundo, suenan unas trompetas. Me quedo helada. Están ensayando para la ceremonia del día siguiente.
Se me llenan los ojos de lágrimas y recuerdo.
Iba camino a la universidad, escuchaba Radioactivo cuando dijeron que algo había sucedido en las Torres Gemelas. Pensé que era una broma. En la universidad todo era un caos. Tenía clase de poesía; le dije a la maestra que ese día no podíamos hablar de poesía (ahora me remite a Adorno y la imposibilidad de hacer arte después de Auschwitz). Nos fuimos a la cafetería. El silencio era sepulcral. Llorábamos y veíamos el noticiero.
No recuerdo cómo manejé a casa.
Me quedé días encerrada, viendo la televisión, tratando de entender.
Me vestí de negro durante un mes. Era lo que yo, a los 19 años, podía hacer en ese momento, declararme en contra de la violencia, declararme de luto.
Recuerdo las imágenes. ¿Cuántas veces vimos el video de cómo penetraba la torre el segundo avión? ¿y la del hombre que se tiraba? ¿cuántas veces la repitieron los medios hasta que se quedaron en nuestra piel, quemados?
Estoy parada frente a gente que protesta en contra del gobierno, son los de las teorías de conspiración. Imagino este espacio cuando todavía no sucedía nada, cuando el mundo era otro y luego ese instante en el que transformó la cotidianidad en humo y terror, polvo y gritos. Veo a un guía de turistas explicarle a un grupo de señoras qué es lo que no están viendo, lo que ya no está ahí.
Cerca, en la iglesia más antigua de la isla, miles de listones blancos están amarrados a las rejas. Tienen una impresión que dice “Remember to love”, recuerda amar. Cada quien escribe mensajes personales. Leo uno que dice “We miss you babe”.
3:02 pm
Visito la exposición de fotografía en el Time Warner. Retratos de hace diez años junto a una imagen de este año. Una llama mi atención. Una mujer con un niño en brazos, la niña, a su lado, se tapa la cara. El texto – adjunto a la imagen - menciona al padre, quien ya no está con ellos, murió ese día. La fotografía reciente muestra a la niña, ahora una adolescente que mira de frente, el niño ya casi es más alto que la madre. El padre sigue ausente.
No pude terminar de ver la exhibición. Son tragedias compactas y personales. Son las que penetran.
10:33 pm
Camino a casa me encuentro con una marcha, son cientos de gaitas las que tocan, dolorosamente, por los que ya no están. La banda de la policía, atrás de ellos vienen cientos de personas, conmemorando. Después unos camiones de la NYPD.
00:00
Se prenden las luces de las torres, una vez más.
11 de septiembre 8:34
Llego a Times Square para ver la transmisión de la ceremonia. Me sorprende que poca gente acudió, me asombra que la ceremonia no tiene audio y que constantemente se pierde el video.
Entre turistas y pantallas llenas de colores, es difícil emocionarse. Veo a Obama dar su discurso y pedir un minuto de silencio; en Times Square no existe el silencio. En otros países, en un día de luto nacional suena una alarma por todo el país. No importa dónde estés ni qué estés haciendo todo queda en silencio absoluto. Uno se imaginaría que por lo menos aquí, los coches frenarían, las personas pararían de hablar un minuto. Pero no es así: la vida continúa. Los coches andan, la gente conversa, las pantallas están llenas de colores.
Leen nombres en la ceremonia, los leo en la pantalla. Leerán más de tres mil; cada nombre, una vida.
En Central Park hay una carrera para recordar a las víctimas. En las iglesias habrá misas especiales. En toda la ciudad soldados y policías.
Esta noche habrá una marcha con velas.
Todo esto diez años después, recordando y la pregunta tangible sigue ahí, ¿cómo sanar el dolor de la presencia de la ausencia?
twitter.com/awokenbeauty
Kelly A.K.
10 de septiembre 2011, 9:30 am. Bajo por un café. En mi edificio colgaron una bandera de Estados Unidos, para rememorar, me dicen. En la calle veo a un hombre usando una playera con la fecha de mañana, la intención es la misma. El ambiente se siente extraño, tenso. Luto y miedo, ¿pasará algo otra vez?
2011-09-12•El Ángel Exterminador
Foto: Gary Hershorn/Reuter
1:16 pm
En la zona cero. Recuerdo la primera vez que estuve aquí después de la catástrofe, de la tragedia: un agujero casi tan profundo como el que dejaron las personas que ya no están. El lugar está lleno de personas que vociferan que el gobierno fue el que planificó el día más negro en la historia de Estados Unidos, los gobernantes son los verdaderos asesinos, dicen.
Sobre el puente Vesey, mientras intento ver entre rejas algo de lo que será el memorial más caro del mundo, suenan unas trompetas. Me quedo helada. Están ensayando para la ceremonia del día siguiente.
Se me llenan los ojos de lágrimas y recuerdo.
Iba camino a la universidad, escuchaba Radioactivo cuando dijeron que algo había sucedido en las Torres Gemelas. Pensé que era una broma. En la universidad todo era un caos. Tenía clase de poesía; le dije a la maestra que ese día no podíamos hablar de poesía (ahora me remite a Adorno y la imposibilidad de hacer arte después de Auschwitz). Nos fuimos a la cafetería. El silencio era sepulcral. Llorábamos y veíamos el noticiero.
No recuerdo cómo manejé a casa.
Me quedé días encerrada, viendo la televisión, tratando de entender.
Me vestí de negro durante un mes. Era lo que yo, a los 19 años, podía hacer en ese momento, declararme en contra de la violencia, declararme de luto.
Recuerdo las imágenes. ¿Cuántas veces vimos el video de cómo penetraba la torre el segundo avión? ¿y la del hombre que se tiraba? ¿cuántas veces la repitieron los medios hasta que se quedaron en nuestra piel, quemados?
Estoy parada frente a gente que protesta en contra del gobierno, son los de las teorías de conspiración. Imagino este espacio cuando todavía no sucedía nada, cuando el mundo era otro y luego ese instante en el que transformó la cotidianidad en humo y terror, polvo y gritos. Veo a un guía de turistas explicarle a un grupo de señoras qué es lo que no están viendo, lo que ya no está ahí.
Cerca, en la iglesia más antigua de la isla, miles de listones blancos están amarrados a las rejas. Tienen una impresión que dice “Remember to love”, recuerda amar. Cada quien escribe mensajes personales. Leo uno que dice “We miss you babe”.
3:02 pm
Visito la exposición de fotografía en el Time Warner. Retratos de hace diez años junto a una imagen de este año. Una llama mi atención. Una mujer con un niño en brazos, la niña, a su lado, se tapa la cara. El texto – adjunto a la imagen - menciona al padre, quien ya no está con ellos, murió ese día. La fotografía reciente muestra a la niña, ahora una adolescente que mira de frente, el niño ya casi es más alto que la madre. El padre sigue ausente.
No pude terminar de ver la exhibición. Son tragedias compactas y personales. Son las que penetran.
10:33 pm
Camino a casa me encuentro con una marcha, son cientos de gaitas las que tocan, dolorosamente, por los que ya no están. La banda de la policía, atrás de ellos vienen cientos de personas, conmemorando. Después unos camiones de la NYPD.
00:00
Se prenden las luces de las torres, una vez más.
11 de septiembre 8:34
Llego a Times Square para ver la transmisión de la ceremonia. Me sorprende que poca gente acudió, me asombra que la ceremonia no tiene audio y que constantemente se pierde el video.
Entre turistas y pantallas llenas de colores, es difícil emocionarse. Veo a Obama dar su discurso y pedir un minuto de silencio; en Times Square no existe el silencio. En otros países, en un día de luto nacional suena una alarma por todo el país. No importa dónde estés ni qué estés haciendo todo queda en silencio absoluto. Uno se imaginaría que por lo menos aquí, los coches frenarían, las personas pararían de hablar un minuto. Pero no es así: la vida continúa. Los coches andan, la gente conversa, las pantallas están llenas de colores.
Leen nombres en la ceremonia, los leo en la pantalla. Leerán más de tres mil; cada nombre, una vida.
En Central Park hay una carrera para recordar a las víctimas. En las iglesias habrá misas especiales. En toda la ciudad soldados y policías.
Esta noche habrá una marcha con velas.
Todo esto diez años después, recordando y la pregunta tangible sigue ahí, ¿cómo sanar el dolor de la presencia de la ausencia?
twitter.com/awokenbeauty
Kelly A.K.
Sunday, September 11, 2011
(10 años después)
Duele.
Duele la violencia, duele la tragedia.
Y duele lo vinculado que está a una tragedia personal, a un dolor tan mío.
Hace diez años, cuando me vestía de negro y no sonreía, cuando leía tres periódicos al día y veía todos los noticieros para ¿entender? Esta tragedia, este acto de violencia que cambió al mundo… tal vez intentaba explicarme, también, el acto de violencia que cambió mi mundo. La tragedia mundial podría, tal vez, explicarme la tragedia personal.
Duele la violencia, duele la tragedia.
Y duele lo vinculado que está a una tragedia personal, a un dolor tan mío.
Hace diez años, cuando me vestía de negro y no sonreía, cuando leía tres periódicos al día y veía todos los noticieros para ¿entender? Esta tragedia, este acto de violencia que cambió al mundo… tal vez intentaba explicarme, también, el acto de violencia que cambió mi mundo. La tragedia mundial podría, tal vez, explicarme la tragedia personal.
Monday, August 29, 2011
(huracán ambivalente)
publicado en Milenio
http://impreso.milenio.com/node/9016767
El huracán ambivalente
Escribo ahora domingo desde el Lower East Village, cerca de las avenidas que en vez de números llevan letras. Los medios internacionales dicen que no debería estar afuera, que no debería salir de casa y menos en bicicleta y menos a ver la ciudad, a comer unos noodles. Pero el día está tan agradable, es imposible que algo más pueda suceder ahora, ¿no?
2011-08-29•El Ángel Exterminador
Desde el viernes comenzó la locura, la ambivalencia del estado del tiempo. El día divino, el parque lleno, el cielo azul. La humedad no arremetía demasiado como para no poder caminar más de cierto número de cuadras sin estar empapado en el jugo propio, tanto los turistas como los habitantes de la isla disfrutaban del inicio del fin de semana pero… por debajo de la tierra ya comenzaba el caos. Los supermercados, como Whole Foods en la 59 con Broadway estaba atascado. Imágenes que nunca antes se habían visto en un supermercado de esta ciudad. Me tardé diez minutos en conseguir un carrito, me tardé 45 minutos en la cola para pagar. Los anaqueles de agua, de alimentos enlatados y de galletas estaban prácticamente vacíos. Tampoco encontré setas.
Obviamente las baterías y las linternas estaban agotadas. Eran las cinco de la tarde. El día pedía disfrutarlo, no prepararse para una catástrofe. Dejé todo en casa y salí a caminar al parque, a leer, a ver un atardecer rosado en el que la ciudad se vestía con sus mejores galas.
Y llegó la oscuridad y la noche y un poco de miedo ante la ambivalencia. ¿Qué sucedería?
Lo único, hasta el momento, que sucedía y que era lo más extraño de la ciudad era que la gente conversaba. En una ciudad en la que ni a los vecinos se les saluda en el elevador de pronto todas las conversaciones estaban permitidas. Con la señora de setenta años demasiado bronceada y que me decía que tenía cuatro linternas en casa pero que también quería velas. ¿Cuáles comprar? Yo las olía, si ya iba a comprar velas sobrevaluadas por necesidad, por lo menos que olieran bien y no a baño de estación de camiones.
Con los vecinos se discutían las medidas, sí, ya hay agua, no, no apagarán el elevador a menos de que sea necesario. Con cualquiera era permitido hablar, en el edificio, en la calle, en el supermercado. Las catástrofes inminentes unen a los seres humanos.
Y las reacciones, esas desde el viernes hasta el sábado por la noche se contrarrestaban. Las medidas eran demasiado extremas, el mundo se iba a acabar, teníamos que hacer fiesta, deberíamos estar en casa, debajo de la cama. Cualquier cosa podía suceder. El viernes ya se había evacuado, de manera obligatoria, el sur de la isla y otras zonas bajas como Brooklyn, Long Island, etc. Ya amenazaban con cerrar el sistema de transporte público y el sábado amanecimos con la noticia de que a medio día correría el último tren.
Por primera vez en la historia de la isla se llevaba a cabo una evacuación obligatoria y se cerraba el metro y los autobuses. La ciudad quedaba paralizada.
Me quedé en casa, esperando, hasta que vi que esa mañana todavía no se desplomaba el cielo sobre nuestras cabezas. La computadora me decía dónde estaba esa mujer, esa Irene y todavía andaba bailando con Carolina del Norte.
Central Park estaba lleno de personas que como yo, caminaban, andaban en bicicleta, disfrutaban del silencio y de la tranquilidad antes de… lo que fuera a suceder. Llovía intermitentemente. Yo quedé empapada con una de esas lluvias calientes y húmedas que recuerdan los veranos de Acapulco.
Y de nuevo el encierro. ¿Cómo salir si no sabes si podrás regresar? Sólo los taxis recorrían las calles. El día anterior le había mandado un texto a un amigo “Cerrarán el metro, ¿dónde se te antoja quedarte atrapado?”. En la ciudad de la movilidad, estábamos restringidos a nuestras piernas y cuadras cercanas.
A lavar la ropa. Todos en el edificio lavaban la ropa al mismo tiempo y, de nuevo, las conversaciones que generalmente no se llevarían a cabo, ahora eran permitidas, los saludos, las sonrisas. La naturaleza agresiva de Nueva York se desvanecía ante el coqueteo de un desastre natural.
***
La tarde fue tan lenta como esos días en los que otra catástrofe nos había obligado a encerrarnos, pero eso fue en México y hace unos años y la tensión era más aterradora y el encerrón duró más tiempo. Aquí, pues era la ambivalencia de no saber qué vendría. Por la noche decidí salir. La lluvia era ligera, Irene no vendría hasta media noche.
Times Square estaba prácticamente vacío. Las tiendas que nunca cierran como Starbucks y Sephora pedían disculpas y le echaban la culpa al estado del tiempo.
Los bares irlandeses llenos, era lo único abierto. Si había que recibir el fin del mundo, con un whiskey en la mano era como mejor había que hacerlo.
Jamás una mujer había sido tan esperada como Irene.
***
Me quedé esperándola toda la noche. Esperando escuchar los truenos, el viento golpeando contra mis ventanas, la violencia de la naturaleza en su apogeo. Me quedé dormida a las tres de la mañana. Un ruido sordo me despertó. Se había caído la lámpara del techo, eran las ocho de la mañana. El tan prometido huracán había venido y se había retirado y yo sólo tenía una gotera.
Salí a caminar. Regresé. Tomé a mi bicicleta, una hermosa Brompton a quien nombré Big Bang, y salí a descubrir la ciudad.
***
La gente volvió a salir. Las calles invadidas por habitantes y turistas por igual, intentando esclarecer qué fue lo que transformó el huracán. La naturaleza de la ciudad, tal vez, ahora se debe caminar sin las pausas obligadas por las tiendas y los restaurantes, en su mayoría, cerrados.
La ciudad está hermosa. Es un especie de abandono pero con tranquilidad compartida y decepción por la desastre que no fue. Los parques, cerrados.
Las calles vacías. Sólo los que estamos en bicicleta y a pie existimos.
Es un Nueva York raro, con calor y humedad y vacuidad. Las tiendas cerradas, los restaurantes también. No hay coches. La ciudad es libre. Sólo un otoño prematuro causado por una mujer, por Irene, quien vino a desnudar del consumismo a esta gran manzana.
***
Me como unos noodles en un restaurante que hoy si abrió. Los cocineros son mexicanos. El dueño, un chino, fue por ellos a su casa, en su coche para que hoy sí abrieran.
Kelly A.K.
http://impreso.milenio.com/node/9016767
El huracán ambivalente
Escribo ahora domingo desde el Lower East Village, cerca de las avenidas que en vez de números llevan letras. Los medios internacionales dicen que no debería estar afuera, que no debería salir de casa y menos en bicicleta y menos a ver la ciudad, a comer unos noodles. Pero el día está tan agradable, es imposible que algo más pueda suceder ahora, ¿no?
2011-08-29•El Ángel Exterminador
Desde el viernes comenzó la locura, la ambivalencia del estado del tiempo. El día divino, el parque lleno, el cielo azul. La humedad no arremetía demasiado como para no poder caminar más de cierto número de cuadras sin estar empapado en el jugo propio, tanto los turistas como los habitantes de la isla disfrutaban del inicio del fin de semana pero… por debajo de la tierra ya comenzaba el caos. Los supermercados, como Whole Foods en la 59 con Broadway estaba atascado. Imágenes que nunca antes se habían visto en un supermercado de esta ciudad. Me tardé diez minutos en conseguir un carrito, me tardé 45 minutos en la cola para pagar. Los anaqueles de agua, de alimentos enlatados y de galletas estaban prácticamente vacíos. Tampoco encontré setas.
Obviamente las baterías y las linternas estaban agotadas. Eran las cinco de la tarde. El día pedía disfrutarlo, no prepararse para una catástrofe. Dejé todo en casa y salí a caminar al parque, a leer, a ver un atardecer rosado en el que la ciudad se vestía con sus mejores galas.
Y llegó la oscuridad y la noche y un poco de miedo ante la ambivalencia. ¿Qué sucedería?
Lo único, hasta el momento, que sucedía y que era lo más extraño de la ciudad era que la gente conversaba. En una ciudad en la que ni a los vecinos se les saluda en el elevador de pronto todas las conversaciones estaban permitidas. Con la señora de setenta años demasiado bronceada y que me decía que tenía cuatro linternas en casa pero que también quería velas. ¿Cuáles comprar? Yo las olía, si ya iba a comprar velas sobrevaluadas por necesidad, por lo menos que olieran bien y no a baño de estación de camiones.
Con los vecinos se discutían las medidas, sí, ya hay agua, no, no apagarán el elevador a menos de que sea necesario. Con cualquiera era permitido hablar, en el edificio, en la calle, en el supermercado. Las catástrofes inminentes unen a los seres humanos.
Y las reacciones, esas desde el viernes hasta el sábado por la noche se contrarrestaban. Las medidas eran demasiado extremas, el mundo se iba a acabar, teníamos que hacer fiesta, deberíamos estar en casa, debajo de la cama. Cualquier cosa podía suceder. El viernes ya se había evacuado, de manera obligatoria, el sur de la isla y otras zonas bajas como Brooklyn, Long Island, etc. Ya amenazaban con cerrar el sistema de transporte público y el sábado amanecimos con la noticia de que a medio día correría el último tren.
Por primera vez en la historia de la isla se llevaba a cabo una evacuación obligatoria y se cerraba el metro y los autobuses. La ciudad quedaba paralizada.
Me quedé en casa, esperando, hasta que vi que esa mañana todavía no se desplomaba el cielo sobre nuestras cabezas. La computadora me decía dónde estaba esa mujer, esa Irene y todavía andaba bailando con Carolina del Norte.
Central Park estaba lleno de personas que como yo, caminaban, andaban en bicicleta, disfrutaban del silencio y de la tranquilidad antes de… lo que fuera a suceder. Llovía intermitentemente. Yo quedé empapada con una de esas lluvias calientes y húmedas que recuerdan los veranos de Acapulco.
Y de nuevo el encierro. ¿Cómo salir si no sabes si podrás regresar? Sólo los taxis recorrían las calles. El día anterior le había mandado un texto a un amigo “Cerrarán el metro, ¿dónde se te antoja quedarte atrapado?”. En la ciudad de la movilidad, estábamos restringidos a nuestras piernas y cuadras cercanas.
A lavar la ropa. Todos en el edificio lavaban la ropa al mismo tiempo y, de nuevo, las conversaciones que generalmente no se llevarían a cabo, ahora eran permitidas, los saludos, las sonrisas. La naturaleza agresiva de Nueva York se desvanecía ante el coqueteo de un desastre natural.
***
La tarde fue tan lenta como esos días en los que otra catástrofe nos había obligado a encerrarnos, pero eso fue en México y hace unos años y la tensión era más aterradora y el encerrón duró más tiempo. Aquí, pues era la ambivalencia de no saber qué vendría. Por la noche decidí salir. La lluvia era ligera, Irene no vendría hasta media noche.
Times Square estaba prácticamente vacío. Las tiendas que nunca cierran como Starbucks y Sephora pedían disculpas y le echaban la culpa al estado del tiempo.
Los bares irlandeses llenos, era lo único abierto. Si había que recibir el fin del mundo, con un whiskey en la mano era como mejor había que hacerlo.
Jamás una mujer había sido tan esperada como Irene.
***
Me quedé esperándola toda la noche. Esperando escuchar los truenos, el viento golpeando contra mis ventanas, la violencia de la naturaleza en su apogeo. Me quedé dormida a las tres de la mañana. Un ruido sordo me despertó. Se había caído la lámpara del techo, eran las ocho de la mañana. El tan prometido huracán había venido y se había retirado y yo sólo tenía una gotera.
Salí a caminar. Regresé. Tomé a mi bicicleta, una hermosa Brompton a quien nombré Big Bang, y salí a descubrir la ciudad.
***
La gente volvió a salir. Las calles invadidas por habitantes y turistas por igual, intentando esclarecer qué fue lo que transformó el huracán. La naturaleza de la ciudad, tal vez, ahora se debe caminar sin las pausas obligadas por las tiendas y los restaurantes, en su mayoría, cerrados.
La ciudad está hermosa. Es un especie de abandono pero con tranquilidad compartida y decepción por la desastre que no fue. Los parques, cerrados.
Las calles vacías. Sólo los que estamos en bicicleta y a pie existimos.
Es un Nueva York raro, con calor y humedad y vacuidad. Las tiendas cerradas, los restaurantes también. No hay coches. La ciudad es libre. Sólo un otoño prematuro causado por una mujer, por Irene, quien vino a desnudar del consumismo a esta gran manzana.
***
Me como unos noodles en un restaurante que hoy si abrió. Los cocineros son mexicanos. El dueño, un chino, fue por ellos a su casa, en su coche para que hoy sí abrieran.
Kelly A.K.
Saturday, August 27, 2011
(huracán 1)
Huracán
Hace años ¿fueron tantos? Recuerdo un encerrón. Recuerdo una soledad parecida a esta.
Fue una catástrofe natural también, pero una catástrofe biológica y yo bebía café con vodka y chile piquín. Escuchaba a Bob Dylan constantemente y escribía como si las palabras que no le podía dirigir a nadie más en persona, tuvieran que salir en el teclado. Eso fue hace años.
Ahora la claustrofobia es causada por una mujer: Irene.
Quizá fue el hecho de que sabía que me encerraría, no fue (tan) inesperado, tuve casi un día entero de conocimiento prematuro, de que la idea de mis cuatro paredes se afianzara en mi devenir de este sábado. Este sábado que antes de la aparición de dicha femea ventosa contenía bicicletas y paseos, una alberca y baile en el parque. Ahora son paredes. Y soledad.
La última vez fue inesperado, simplemente sucedió, como cuando ves una burbuja de jabón elevarse y admiras su belleza y la consideras en tu memoria contra todas las otras burbujas de jabón que conoces y… ya no está, se reventó. Algo así fue la última vez, hace años con ese café con vodka y chile piquín.
En esa claustrofobia obligada recuerdo desear abrazos, desear contacto físico. Recuerdo estar aquí, con este mismo teclado y abrazarme y decirme cosas; me susurraba porque no podía resistir que nadie más me las susurrara. Todo eso recuerdo, y la ciudad vacía, el terror constante, inminente ante lo desconocido. Las redes sociales y la televisión, nadie sabía nada. Una peste rondaba el ambiente, la posibilidad del fin de la humanidad por un virus. Se sentía la tensión.
Ahora la veo, veo a esa mujer que me quitó mi sábado y me regaló otro con sabor a mantequilla derretida y a suspiros de canela. Veo cuánta fuerza tiene, leo sobre ella, la admiro desde la distancia, curiosa por sus proezas y deseos. La llevo esperando más de veinticuatro horas y sólo detecto su humedad.
Esta mañana salí a pasear, a caminar, a ver que el mundo seguía existiendo a pesar de la aprehensión, de la valkiria de vientos que se acercaba a nosotros. Ayer el mundo brillaba a pesar de los preparativos ante la inminencia. Esta mañana la humedad era caliente, como un abrazo gigantesco que le otorgaba la tierra a aquellos que nos atrevíamos a salir. Esta mañana no sucedía nada aún, pero la ciudad ya se encontraba en su casa, abrazados a sus sueños, esperando.
Interrumpo mi escritura. Necesito salir. Respirar.
Todavía no hay viento, me dicen, leo en redes sociales, leo en periódicos, leo en todos lados. Lluvía sí, la veo escurrirse por mis ventanas, adornarlas como sólo la lluvia sabe cómo. Pero viento no, tengo que salir.
Hace años ¿fueron tantos? Recuerdo un encerrón. Recuerdo una soledad parecida a esta.
Fue una catástrofe natural también, pero una catástrofe biológica y yo bebía café con vodka y chile piquín. Escuchaba a Bob Dylan constantemente y escribía como si las palabras que no le podía dirigir a nadie más en persona, tuvieran que salir en el teclado. Eso fue hace años.
Ahora la claustrofobia es causada por una mujer: Irene.
Quizá fue el hecho de que sabía que me encerraría, no fue (tan) inesperado, tuve casi un día entero de conocimiento prematuro, de que la idea de mis cuatro paredes se afianzara en mi devenir de este sábado. Este sábado que antes de la aparición de dicha femea ventosa contenía bicicletas y paseos, una alberca y baile en el parque. Ahora son paredes. Y soledad.
La última vez fue inesperado, simplemente sucedió, como cuando ves una burbuja de jabón elevarse y admiras su belleza y la consideras en tu memoria contra todas las otras burbujas de jabón que conoces y… ya no está, se reventó. Algo así fue la última vez, hace años con ese café con vodka y chile piquín.
En esa claustrofobia obligada recuerdo desear abrazos, desear contacto físico. Recuerdo estar aquí, con este mismo teclado y abrazarme y decirme cosas; me susurraba porque no podía resistir que nadie más me las susurrara. Todo eso recuerdo, y la ciudad vacía, el terror constante, inminente ante lo desconocido. Las redes sociales y la televisión, nadie sabía nada. Una peste rondaba el ambiente, la posibilidad del fin de la humanidad por un virus. Se sentía la tensión.
Ahora la veo, veo a esa mujer que me quitó mi sábado y me regaló otro con sabor a mantequilla derretida y a suspiros de canela. Veo cuánta fuerza tiene, leo sobre ella, la admiro desde la distancia, curiosa por sus proezas y deseos. La llevo esperando más de veinticuatro horas y sólo detecto su humedad.
Esta mañana salí a pasear, a caminar, a ver que el mundo seguía existiendo a pesar de la aprehensión, de la valkiria de vientos que se acercaba a nosotros. Ayer el mundo brillaba a pesar de los preparativos ante la inminencia. Esta mañana la humedad era caliente, como un abrazo gigantesco que le otorgaba la tierra a aquellos que nos atrevíamos a salir. Esta mañana no sucedía nada aún, pero la ciudad ya se encontraba en su casa, abrazados a sus sueños, esperando.
Interrumpo mi escritura. Necesito salir. Respirar.
Todavía no hay viento, me dicen, leo en redes sociales, leo en periódicos, leo en todos lados. Lluvía sí, la veo escurrirse por mis ventanas, adornarlas como sólo la lluvia sabe cómo. Pero viento no, tengo que salir.
Thursday, August 4, 2011
(nuevos horizontes)

esta ciudad con su velocidad vertiginosa contagia la vorágine deseosa de vivir.
Velocidad contagiosa. Voraz ciudad .
Me pregunto, 48 horas después de llegar ¿o ya son 53 horas? ¿quién se presentará ante mí en el espejo? en este espejo.
tantas voces y lenguas y me siento sobreestimulada. no puedo dejar de ver a la gente pasar (agradezco profundamente las clases de mecanografía de la preparatoria).
Pasan cuatro adolescentes asiáticos, todos con mochilas y camisas de caricaturas. pasa una chica joven, con el cabello hasta la cintura, tan güera que podría no ser real, pero lo es, lleva shorts de mezclilla, miniaturas.
Una mujer con un vestido naranja dirige la carriola verde cubierta de bolsas, pensé que así venía, hasta que se acercó a un hombre que sostenía a una niña berrinchuda de dos años.
una mujer junto a mí trae un ipad en la mano y una bolsa de chocolates godiva.
todos le piden a todos que les tomen fotografías.
una mujer que podría ser el híbrido de una cabaretera con una chica danzarina brasileña saluda a los paseantes, probablemente promociona una obra o algo así. Algunos se toman fotografías con ella.
Las pantallas gigantes me hipnotizan, son ¿ocho? Y claro, a lo lejos, encima de los m&m’s, una anuncio gigantesco del producto mexicano: Corona Light.
Esta es mi ciudad, mi nuevo horizonte, un hombre vestido de dulces, todos los idiomas en una licuadora enmarcada de luces y pantallas, de taxis amarillos y fotografías. Este es mi nuevo horizonte. Aquí comenzará todo… lo que sigue.
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los ecos de otros resuenan en mi...
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( un paréntesis es un momento para respirar )
( un paréntesis es un silencio para soñar )
( un paréntesis es un espacio para estar )
