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Monday, February 21, 2011

Instrucciones para cocinar alcauciles


A petición de varios, me permití escribir las instrucciones para cocinar alcauciles, también conocidos como alcachofas o flores de tiempo.

1. Nunca se debe de preparar una alcachofa sola, se vuelve triste y solitaria. Las alcachofas platican mientras se encuentran en el horno o en la olla.

2. No se le debe tener miedo a las espinas, uno debe recordar que dentro de las queridas alcachofas, existe un corazón que pide a gritos ser comido.

3. Pensar muy bien con quién se compartirán; el desmenuzarlas es un proceso tardado e íntimo, así que no se comparte con cualquiera.

4. Al momento de la preparación, uno debe comprender que cada una de las hojas terminará siendo destrozada, por ello, se le debe de dar cariño y caricias.

5. Recordar que las alcachofas son las primas terrestres de las jacarandas, sólo que las primeras salen del suelo para elevarse, y las otras se elevan para caer.

6. Limpiarlas bien, una tina a temperatura cálida hará que se aflojen y no les dé miedo entregarse a los condimentos que se preparan para su unción.

7. Picar, finamente, muchos dientes de ajo. Es fundamental recordar que las manos con olor a ajo es uno de los grandes afrodisíacos de la edad antigua.

8. Poner, si se quiere, las hojas de perejil a nadar junto con las alcachofas. Así encontrarán un diálogo de encuentro y querrán estar más tiempo unidas.

9. Picar, finamente, el perejil. Permitir, antes que esto, que la hierba se despida, brevemente, de las alcachofas.

10. Mezclar ingredientes secretos junto con sal de mar, pimienta recién molida y aceite de oliva.

11. Añadir el ajo y el perejil a la poción.

12. Tomar, delicadamente, una de las alcachofas. Tomar medio limón y frotar, como si fuera un amante nuevo, a la alcachofa, cada una de las hojas, el tallo, para que crezca en la boca, el tronco, para que llegue al corazón.

13. Introducir la poción dentro de las hojas y todo alrededor. Todo esto, obviamente, con las manos desnudas.

14. Introducir, una a una, las alcachofas dentro de una olla grande.

15. Cuando la poción se haya terminado, junto con los alcauciles seductores, llenar el frasco con agua y bañar a las fervientes alcachofas con ella. Una o dos unciones será suficiente.

16. Tapar la olla, mirándolas fijamente, sabiendo que ahora se transformarán en manjares, en flores del tiempo que se desflorarán.

17. Prender fuego. Prender el fuego. Prenderse.

18. Oler. Esperar.

19. Mirar. Esperar. Seducir-se. Sentirse seducidos.

20. Comer.


P.D. Recordar que la preparación de los alcauciles es una especie de terapia-apapacho. La cual funciona tanto para quien los prepara, como para quien será el invitado de honor en el banquete de la desfloración de las alcachofas.

Friday, December 11, 2009

(la ventana del sueño)

Cuando me acosté, tras unas horas de intensa actividad matutina, no me había bañado. No había agua en casa. Otra vez.
No me había acostado, más bien estaba sentada, en posición zen, buscando el silencio interior: cayendo despierta.
Pasan minutos que parecen intensidades. Omití el desagrado de meterme a la cama con el olor a sudor despegándose de mi cuerpo. Los sudores nocturnos y los matutinos no huelen igual. Tampoco los sudores sexuales ni los febriles. Debería de existir una clasificación por sudores… en fin …
En esos instantes de sueño que no es sueño, minutos enteros dentro de los que pasan horas me encontré en mi departamento, buscando, también, en dónde bañarme. En el departamento dentro del sueño dentro del departamento no había agua tampoco.
Una habitación, con paredes color durazno, y una cama en la que se antoja aventarse, saltar, desnudarse y tenderse a todo lo largo, sola o acompañada. En anaqueles cosas mías, tesoros de los años que se habían perdido en mudanzas y olvidos.
El baño, gigantesco. Una tina blanca en la que podría nadar, o dentro de la que podría ser acompañada y sonrojada.
No entendía por qué nunca había usado esa habitación de mi casa. Ahí había estado siempre, con blusas de seda de colores y libros escogidos. Una estancia que resguardaba secretos y silencios.
Estaba a punto de salir para no volver, y voltee a ver la ventana.
Frente a la cama un ventanal que daba a una carretera muchos metros abajo. Pero de la ventana a la carretera de un solo carril, había mucho verde. Acostada en la cama se veía por el ventanal un horizonte verde y coches y camiones pasando a una velocidad floja, casi saludándome en la distancia.

En ese momento pensé en mis otras dos habitaciones, en las que anidaba desde hace varios años. Mi recamara, apretada, pequeña, abarrotada. Mi estudio, azul, lleno de libros, discos, papeles que papaloteaban para distraerme.
Sí, tendría que mudarme a esa habitación mayor y más cómoda. Ahí dormiría y en las dos pequeñas trabajaría.

¿Estoy usando menos de mi de lo que debería? ¿habito menos dentro de mí de lo que debería?
(¿Cómo no había visto esa estancia antes? ¿Estaba tan profundamente enterrada en mi inconsciente que para descubrirla precisaba caer despierta?)

Saturday, May 16, 2009

las batallas del baño


(1 mayo - 16 mayo 2009)

Las batallas del baño (o un asesinato sin querer y un perdón empático)


Hace un mes le perdoné la vida a un alacrán y ayer asesiné a mi computadora. He tenido dos encuentros en el baño, o más bien, dos confrontaciones. El baño, esfera lúdica para echarse pedos a gusto, hacer atrocidades sin que nadie pueda decir nada al respecto, lugar para apapacharse y hacerse menjurjes en la cara y en el cuerpo, espacio en el que veo mi cara por la mañana y por la noche; no sé cómo sucedió, pero el baño se ha convertido en un campo de batalla.
Ayer asesiné a mi computadora.
Algunos dirán que no fue a propósito, que realmente no quise hacerlo, pero la verdad es que al ver el cadáver a mis pies, al ver la pantalla hecha pedazos como un espejo al que le echaron siete años de mala suerte, la intenté resucitar, le toqué todas las teclas, la acaricie, le dije palabras hermosas, le canté canciones de cuna.
Pero mis lagrimales parecieron caducos.
No exprimí ni una sola lágrima al ver el cadáver de mi bebé, la que era mi amante, mi eterna compañera de insomnios, malos humores y espacios creativos, la miré y no lloré.


Hace un mes un alacrán me picó el pie al entrar al baño; o más bien al entrar al baño pisé un alacrán el cual, al sentirse agredido por un pie tanto más grande que él, me picó. Levanté el pie para encontrar el alfiler que sentí penetrar en mi piel y al voltear la mirada hacia el piso encontré al culpable de mi dolor. No sé quién estaba más asustado.
Recuerdo no haber gritado. Si no hay nadie que pueda responder al grito, entrar para salvarte, poner el hombro para que llores o que te cargue para trasladarte a un sitio más seguro, la verdad es que no vale la pena desperdiciar un grito.
Lo vi y estoy segura de que mi mirada tenía respuesta.
No sé quién estaba más asustado.
No podía matarlo. Hace un año y más estaba en un hotel con una amiga, celebrando un aniversario de amistad y aprovechando para platicar durante días y horas; por la noche, antes de dormir, vi un alacrán. Lo mataron. Al día siguiente su compañero apareció. También lo asesinaron por el bien de nuestro sueño tranquilo. El sonido de sus cuerpo despedazado bajo la suela de un zapato, cómo tronaban y se deshacían aun me persigue en ciertas noches, y me arrepiento de tenerle tanto miedo a mi propio signo.
Hace un mes veía a un alacrán que estaba absolutamente aterrado sobre mi tapete de baño anaranjado y no sabía qué hacer mientras recordaba a sus familiares liquidados a causa de mi terror ante su cola y tenazas.
No lo podía matar, el asesinato de aquellos otros tanto tiempo antes me lo impedía (al igual que mi signo astrológico), y no podíamos convivir en casa. Soy solitaria por convicción y porque el nudismo me sienta bien.
Lo enrollé en el tapete de baño sobre el que estaba mientras me miraba y lo sacudí fuera de la ventana. Le recé a todos los santos en los que nunca he creído, a las vírgenes promiscuas y a las estrellas que leo a diario, que el pobre alacrancito del tamaño de la palma de mi mano supiera volar.
Sigo esperando a que su pareja me reclame las clases de vuelo a fuerzas, sigo esperando y observo el piso del baño. Ahora tiene un nuevo significado.
Asesiné, sin querer, a mi computadora, y le perdoné la vida a un alacrán negro que me fue a visitar.

El piso del baño tiene una silueta marcada con gis de cómo quedó el cadáver, y otra, dibujada en mi mente, de dónde perdoné una vida.

(( ))

( un paréntesis es un momento para respirar ) ( un paréntesis es un silencio para soñar ) ( un paréntesis es un espacio para estar )