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Sunday, January 30, 2011

(del otro lado)

Del otro lado del mundo está mi amiga N. Sí es el otro lado, le pregunté, y me dijo que era la misma hora allá que acá, pero ahí se veía el sol y yo veía mi almohada.
Le dije que hiciéramos un túnel de Bangladesh hasta acá. Me dijo que sí, pero con qué mano de obra, era la cuestión.
Le dije que tiráramos una cuerda de colores, que tal vez, por el peso de nuestros pensamientos, cruzaría hasta donde Julio Verne quiso, para que nos pudiéramos ver. Me dijo que sí.
Le dije que por qué no un teléfono sólo para mí y para ella, como el que tenía en la infancia de mi cuarto al cuarto de mi hermano, con vasos de plástico y un pedazo de estambre tenso. También me dijo que sí.
Le propuse escribir las historias de sus viajes, ella me dijo que tomaría las fotografías de los viajes que yo le escribiera. No quedo claro cuál de las actividades, si la visual, o la escritural, sería la primera.
Seguimos haciendo planes de lados opuestos de la tierra.

Sunday, August 22, 2010

Sismos evocativos - publicado en "El perro" #18


Ayer tembló, una vez más.

Desnuda, como suelo dormir en este verano en el que las sábanas se contagian de mi olor durante la noche y lo pierden durante el día, desperté.

Desperté con el mundo temblando a mi alrededor, desperté sonriendo desde el fragor de un sueño olvidado. Desperté temblando, sola.

Desnuda, me moví, rodé hacia el final de la cama, y me coloqué, de cuclillas, desnuda, en el triangulo de la vida, aquél junto a un mueble que, dicen, puede salvar tu vida. Y esperé, esperé a que dejará de temblar. Minutos alargados en movimientos ajenos. Geología de las evocaciones, remembrando, acordando.

Mi casa, toda ella, me platicaba secretos que había callado durante meses sin temblorina ni terremotos; quería salir de ese triangulo de las bermudas de supuesta seguridad para ver lo que decían, acercarme a los libros y libreros, las cazuelas y las cajas de cereales vacías. Todos los objetos de mi hogar dialogaban en un idioma que, por primera vez desde que los conocía, me parecía reconocible.

Era la lengua de mi infancia.

Mis nostalgias se albergan entre los movimientos de las capas tectónicas y sus réplicas.

Los terremotos me transportan a mi infancia. El zarandeo en una cama, despertar entre movimientos ajenos, en solitario, son parte inequívoca de un tiempo desplazado a un cuerpo más pequeño, más dulce y, ligeramente, más inocente.

La tierra tiembla porque se despereza, me susurraba por las noches en un departamento en un octavo piso, con mi hermano durmiendo del otro lado y ajeno a los movimientos del ir y venir de nuestro hogar, metáfora literal y metáfora terrestre.

La tierra tiembla porque ya no puede aguantarse las cosquillas que le da el que caminemos encima de ella todo el tiempo. Los tacones son lo peor. Los descalzos, los siente como caricias.

La tierra tiembla porque le tiene un miedo inconfesable a la oscuridad del universo.

La tierra tiembla porque está haciendo el amor con alguien a quien no vemos. La tierra tiembla porque le da la gana.

La angustia que puede causar un movimiento telúrico se ve desplazado por la nostalgia de un momento que ya no es mío más que en la memoria de una niña que nunca fui. Los recuerdos se pintan de colores ajenos a los que se escribieron en su momento.

Mi cama, en el hogar infantil, está coloreada de dos elementos nocturnos, los ruidos que provenían del cuarto de mis hermanos, fantasmas, supuse posteriormente, que siempre movían muebles y cuando pensaba atraparlos en su ir y venir, se esfumaban dejando las cosas tal cual habían estado. Y por los temblores.

En un octavo piso los temblores más mínimos se sienten como si movieran tu cama. No. No salía corriendo. Nadie me despertaba. Simplemente sentía el arrullo de la tierra, veía cómo ciertos cuadros, algunos peluches se desplazaban hacia un lugar más cómodo, y me volvía a dormir, con la certeza de que, en algún otro momento, otro movimiento volvería a despertarme.

Ayer tembló y yo sonreía. Mi hogar, solitario, sin peluches, sin hermanos en el cuarto de junto, sin respiraciones más que las mías y las de los libros, me habló con el movimiento de la tierra.

La evidencia del desplazamiento de un recuerdo a una certeza en tiempo presente hace que los colores de ciertos fragmentos de la memoria se calquen con tonalidades más verosímiles en los Cuentacuentos de los soliloquios. Si la tierra sigue temblando ahora, y me despierta a las 2:22 de la mañana, entonces, mi infancia sí sucedió, entonces mi vejez se verá plagada por este tipo de movimientos también.

Si la tierra me sigue arrullando con su movimiento, entonces puedo salir del triangulo en el que me refugié, meterme entre cobijas ligeramente húmedas y sonreír al soñar, porque el tiempo no ha cesado de marcar el vaivén pendular de las capas tectónicas de la memoria.

Ahora es momento de esperar las replicas evocadoras.

Tuesday, July 27, 2010

pedazo de alas

(publicado en la revista Cultura Urbana, en el número dedicado a niños)

Anoche soñé que tenía alas pero no sabía volar. Desperté. Mi espalda desnuda, el vacío
compensando los sueños que tenía sobre los párpados.
Desde mis ojos de niño, y hasta mi parpadear de adulto, las cosas que flotaban fascinaban
mi atención, la maravilla del prodigio de aquello que debiera caer más velozmente y no lo
hace, la insensatez de una hoja de abedul que cayó del árbol y se rehúsa a tocar el suelo.
Alguna vez alguien me dijo que las palabras tenían la capacidad de flotar, y desde
entonces suspiro palabras al aire, intentando encontrar aquella que volará y se perderá
entre nubes de colores de fábulas. Tal vez tenga que ser un suspiro, o un grito elevado
desde el silencio de mi respiro, no lo sé. Pero esa palabra tiene que encontrarse en algún
lugar, y me he dedicado todos los cambios de colores que han sufrido mis ojos desde
entonces para encontrar esos sonidos que al ser emitidos, no caerán.
Belleza de inconsciencia infantil, alas en los sueños, pesadumbre en el despertar.
¿Cómo se busca una palabra entre tanto silencio?
¿Y si yo fuera a convertirme en la palabra que tanto buscaba?
Decidí tener alas en la espalda para poder flotar. Si no era en mi costado, ningún otro
lugar aguantaría la pesadez de mi realidad, aquella que impide el despegarme del suelo
siquiera milímetros sobre los sueños.
No recuerdo si fue una determinación mía, o simplemente sucedió, pero recuerdo que
en algunos espacios de mis juegos infantiles, de pronto caían plumas de avestruz a
mi alrededor. Nunca supe si esas eran las que tenía destinadas y con un gran esfuerzo
imaginativo las tenía que reunir, guardar, armar como rompecabezas y esperar a que
llegara aquél que me enseñara a pegarme mi creación sobre la espalda… yo siempre me
imaginé que mis alas serían de plumas inmensas de colores, o pequeñísimas blancas, casi
transparentes, pero nunca de un ave que se le olvidó volar.
Alguna vez me paré en la orilla de un precipicio y le grité al retumbante vacío. Tal
vez debía correr y aventarme a la incertidumbre, cual albatros que sabe que flotará a
pesar de la pesadez de las alas que le impiden elevarse desde el suelo. Bello albatros,
imposibilitado con sus inmensas alas a despegarse del suelo, siempre un pequeño intento
de suicidio cada vez que siente la necesidad de volar.
Laberinto del desencadenamiento de incongruencias.
¿Qué será más pesado, saber que únicamente arriesgando mi posibilidad de divagar en
el fantaseo de mi irrealidad, puedo llegar a flotar? O, ¿qué el suelo con la seguridad
del arraigue a la habitualidad aparente permitiría especulaciones irrealizables?
Alas, únicamente quería alas, como un ángel, como un ave, como una mariposa con
plumas de esmaltes polifónicos.
Quería verme en el charco que unas lágrimas habían dejado abandonado y reflejar mi
espalda con protuberancias de plumas; llenar el desierto de tanta piel homogénea con
protuberancias que quizás se atreverían a volar.
Volar, ese era el fin último.
Años y siglos e instantes en un parpadeo en el que confronto mi sueño con la realidad que
me imagino me subyuga a lo inteligible.
Y si la casualidad penetrara por una ranura de mi pupila ¿hacia dónde se dirigirían esas
alas inexistentes?
Tantos lugares que podría abandonar, tantos paisajes en los que me camuflaría sin ser
nunca parte de ellos, tantas esferas breves como una palabra nunca emitida de las que
podría desaparecer sin siquiera tocar con la planta de los pies.
¿era eso lo que buscaba entre las palabras suspiradas y las palabras susurradas?
¿o simplemente deseaba tener alas?
Crearlas con el material desechado por las ilusiones y los anhelos, desmenuzar los
gránulos de arena que caen en silencio sobre un reloj que no marca el tiempo, chuparme
los labios resecos y forjarlas con los ojos cerrados, con las manos atadas con estambre de
araña sobre los ojos, con el cuerpo inclinado hacia las rodillas. Concebirlas en un pasaje
del tiempo que jamás se concretará sobre un parpado que desea ser pétalo de amapola.
Y tenerlas, pintarlas sobre mi espalda, trazo a trazo, delinearlas sin pincel ni yemas de los
dedos, simplemente con el deseo de su existir.
Tener alas sobre la espalda.
¿volar? No sé… la posibilidad ….

Tuesday, April 6, 2010

(oraçao ao ritornello do tempo)

(recreación a partir de la obra de Plinio Ávila “El orden de la calidad de las semejanzas y el orden de la cantidad de las equivalencias” expuesta en MACO 2010)

És um senhor tão bonito
Quanto a cara do meu filho
Tempo tempo tempo tempo
Vou te fazer um pedido
Tempo tempo tempo tempo...[1]

Transposición temporal, experimentación de lo efímero… si en los ojos del otro te pierdes, ¿vives en el tiempo que el otro vivió?

La dimensión de la temporalidad es una ilusión creada por los cuerpos que se restringen a vivir una sola vida a la vez, tristeza de la vulnerabilidad humana. ¿Vulnerabilidad? No es esa misma la que logra que dentro del gerundio se viva en un segundero constante que se rehúsa a finalizar…

De modo que o meu espírito
Ganhe um brilho definido
Tempo tempo tempo tempo
E eu espalhe benefícios
Tempo tempo tempo tempo...

Si dos gotas de agua se congelan en una estática reflejada por el reflejo mismo de sus seres, el espejo de los espejos en los que se desplazan cuando no se están mirando ¿se reflejan a su vez?

E quando eu tiver saído
Para fora do teu círculo
Tempo tempo tempo tempo
Não serei nem terás sido
Tempo tempo tempo tempo...

Las arrugas de uno se reflejan en las pupilas del otro; vivencias que no se advierten más que por el latir de las venas de dos manos que se enlazan dentro del vínculo del conocimiento que otorga el otro, para el otro.

Ahí, naciste.

Ahí viviste, se dicen en el reflejo de las fotografías que únicamente pueden compartir con las historias y anécdotas que nunca se cuentan de la misma manera.

Ainda assim acredito
Ser possível reunirmo-nos
Tempo tempo tempo tempo
Num outro nível de vínculo
Tempo tempo tempo tempo...

Cuando están ahí, uno dentro de la efigie del otro, imágenes resguardadas por la nostalgia de no lograr compartir el mismo pasar de las hojas del calendario porque… ¿por qué? Ah, claro, son padre e hijo, reunidos en el ritornelo de la sonrisa que comparten, sus vidas, son dos. Pero una mientras se reflejan, son.



[1] Estrofas escogidas de la canción: “Oraçao ao Tempo” compuesta por Caetano Veloso

Monday, May 25, 2009

me duele el higado

como mencioné anteriormente, mi cuerpo me traiciona. en esta ocasión le tocó al higado (dicen los imanes, las agujas y los planetas anómalos).
Y mientras decido cómo hacerlo funcionar, o por lo menos, cómo congraciarme con él para que vuelva a funcionar para el resto del cuerpo (no han formado sindicato aún, los órganos de mi cuerpo, no sé por qué), canto esta canción que me traje desde lo más recóndito de mi memoria de infancia.


(( ))

( un paréntesis es un momento para respirar ) ( un paréntesis es un silencio para soñar ) ( un paréntesis es un espacio para estar )